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Cuentos de Trasancos
basados en leyendas de tradición oral
Texto: Eva Merlán Bollaín.

I
Cuentan en San Sadurniño que, cuando volvía de la siega en Castilla, más consumido y flaco pero no más rico que cuando marchara, un campesino de la parroquia de Santa María oyó que le llamaban por su nombre; levantando la mirada del suelo dió con una viejita que le enseñaba tres dorados bollitos de pantrigo, dispuestos en un blanquísimo paño sobre una roca a un lado del camino. La anciana, que aparentaba una 'meiga', le pidió al campesino que llevase los bollos al Monte do Castro y que, seguidamente, pronunciase tres nombres de mujer, pues si lo hacía, quedarían desencantadas tres princesas que vivían encerradas dentro de un monte por un hechizo que les había hecho su padre, un malvado rey moro. Pero había una condición para que se realizase el desencantamiento, y era que, de aquellos bollitos, no debía faltar ni una miguita.
El campesino cogió los bollos atando los picos del paño y, tras prometerle a la anciana que haría el encargo, continuó caminando hacia su hogar.

II
El campesino por fin llegó a su casa y fue recibido con alegría por su familia. Depues de abrazar a su mujer y a los hijos, guardó el pan en la chinera, advirtiéndoles que no debían tocarlo. Entoces, se sentó a la mesa, donde su mujer ya le tenía preparado algo de lo poco que había para comer. Reconfortado por el caldo y el vino y detrozado por el viaje, el hombre quedó dormido pensando en el extraño encuentro que había tenido, y tratando de no olvidarse de los nombres que la anciana le había enseñado. Mientras, deshizo el nudo que cerraba el paño donde venían envueltos los bollitos; la mujer, tentada por el color y el aroma de auellos molletes tan majos, no se pudo resistir y pellizcó un pedacito de uno de ellos; después volvió a cerrar el paño y lo colocó como lo había hecho su marido. Cuando despertó el hombre, cogió la saca de pan y marchó por el camino del castro, dispuesto a cimplir el encargo de la 'meiga'.

III
Llegado a la cumbre del Monte do Castro, nuestro campesino, obedeciendo a la 'meiga', apoyó los bollos sobre una roca. Dijo el primer nombre; de debajo de la roca salió una hermosa doncella mora, a la vaz que el pan se transformaba en un expléndido caballo. La doncella lo montó y escapó galopando hacia el horizonte. Al pronunciar el segundo nombre, otra vez sucedió el maravilloso prodigio; la doncella quedó liberada y huyó en su caballo. Finalmente, gritó el nombre de Loureana; la tercera doncella, más hermosa si cabe que sus hermanas, surgió de debajo de la roca; pero su bollo de pan era el pellizcado por la mujer, y al caballo que de él nació le faltaba una pata. Cuando la joven lo quiso montar, cayeron los dos, hundiéndose de nuevo la princesa bajo tierra, mientras se oían los llantos y lamentos desconsolados resonando entr los cotos.
Desde entonces, las lágrimas de Loureana emanan en las fuentes del Castro, y hay quien dice que, prestando atención, se oyen entre el burbujeo del agua los lamentos de la hermosa princesa Loureana llorando su desgracia.